Me duele la barriga. También la cabeza, la columna vertebral, los brazos y las piernas, las puntas de los dedos y las plantas de los pies, me duelen los ojos y los labios... Pero sobre todo me duele la barriga. Está llena de serpientes. Miles de ellas, alargadas, sibilantes, retorciéndose en mis entrañas. Nadie las ha puesto ahí. Son mías, son mis hijas, el fruto de mi cuerpo y mi mente maltratada, acoplándose para dar a luz a la masa móvil y resbaladiza que ahora baila en mi interior buscando algún hueco que aún no hayan conseguido pervertir con su húmeda danza de repugnantes eses espasmódicas y sus colmillos que rezuman el veneno que procede de mi propio ser. Me lo inyectan, me pudro, me matan, me mueren. Y yo, débil, no supe, nunca, cómo esterilizar mis dos templos en ruinas, y las serpientes siguen naciendo. Todavía no han podido conmigo, porque son mías, son mis hijas, pero crecerán y si no me matan con su veneno, lo harán ocupando todo el espacio que mis pensamientos incesantes dejan libre hasta que mi cuerpo reviente por alguna esquina.
Tengo que vomitarlas, antes de que sea demasiado tarde y lo urgente suplante a lo importante; en ese momento tendré que abrirme en canal para que salgan de dentro de mí, pero entonces engullirán mi cuerpo, mis propias hijas. Tengo que vomitarlas, y matarlas. Una por una, mirarlas a los ojos y aplastar sus cabezas triangulares con el peso de mi mirada invicta. Seré una Medusa invertida, seré terrible para acto seguido, volver a ser libre.
Libre.